Un gallo de la raza Plymouth Rock Barrado se convirtió en el ejemplar más caro vendido en Argentina después de una intensa puja durante la Exposición Rural de Bolívar. Tras casi cinco minutos de ofertas entre los participantes, el martillero Fernando Villanueva bajó el martillo en $3.020.000 y marcó un récord para este tipo de subastas.
El ejemplar pertenecía a la cabaña Los Peques, de Carhué, y había sido presentado por el criador Cristian Arias, que lleva alrededor de 16 años dedicado a la cría de aves de raza. El comprador fue otro criador de la misma localidad bonaerense, aunque su identidad no trascendió.
La cifra sorprendió incluso al propio Arias. “Es algo totalmente descabellado el valor”, reconoció en diálogo con NewsDigitales, aunque rápidamente aclaró que detrás de ese animal hay meses de selección, alimentación y cuidados, además de años de trabajo para conseguir una genética capaz de producir un ejemplar de esas características.
“Si bien tiene un trabajo y lleva mucho trabajo en mucho tiempo, el valor del animal uno dice: ‘es una locura’. Pero bueno, si uno se pone a sumar el año y pico que está detrás del animal, no sé si el animal está mal pago”, explicó.
Un gallo que reunía todas las condiciones
Para entender por qué ese ejemplar terminó protagonizando una puja tan particular hay que mirar más allá del precio. Arias asegura que se trataba de un animal excepcional dentro de una raza en la que lleva años trabajando.
“La verdad, el animal era un muy lindo ejemplar, muy lindo. Va a costar ver otro barrado así en una Expo”, contó el criador.
El gallo era de la variedad barrada de la Plymouth Rock, más conocido como barrado bataraz. Según describió Arias, reunía varias de las características que se buscan en los ejemplares destinados a exposición.
“Tenía una barra perfecta, una cabeza como realmente tiene que tener la raza, después la forma, el tipo de animal, la altura. Tenía todo como para estar donde estaba, tenía todas las condiciones”, detalló.

El resultado también representó una recompensa para un criador que venía buscando durante años conseguir machos de alto nivel. Según contó, había logrado premios anteriormente, especialmente con hembras, pero no había encontrado un gallo que reuniera todas las condiciones para destacarse de esta manera.
“De los 15 años que llevo criando, si bien he tenido, he sacado otros campeones, mucho con hembras, machos por ejemplo no me salían lindos. Yo vengo trabajando desde hace rato y no podía sacar lindos machos. Y este año se me dio”, relató.
Durante esta temporada Arias presentó sus animales en unas diez exposiciones y consiguió otros reconocimientos, aunque ninguno tuvo la magnitud del que finalmente alcanzó en Bolívar.
Entre la genética y el azar
Arias comenzó hace unos 15 o 16 años con apenas tres o cuatro animales Plymouth Rock Barrado. Desde entonces, fue aumentando su plantel y adquiriendo experiencia a fuerza de prueba y error.
La particularidad de la cría de aves de raza es que incluso después de seleccionar buenos reproductores no existe una garantía de que la siguiente generación vaya a repetir sus características.
“Esto es algo incógnito siempre. Por ejemplo, vos comprás dos campeones y no vas a sacar campeones al otro año. Tenés que criarlos, tienen un trabajo”, explicó.
La genética puede incluso dar resultados completamente inesperados. “Vos ponés un gallo y una gallina y pensás que te va a dar un gallo así y te sale un gallo para el otro lado; y te sale uno así como vos pensás”, contó.
Esa incertidumbre es, precisamente, una de las cuestiones que más lo atraparon de la actividad. “Es algo atrapante en realidad”, resumió.
Cristian Arias tampoco aprendió a criar siguiendo una receta. Su formación comenzó en una escuela agropecuaria, donde durante cinco años trabajó con pollos parrilleros, ponedoras y conejos, pero buena parte de lo que sabe sobre aves de exposición lo incorporó hablando con otros criadores.
“Primero hablando con colegas, con criadores, porque siempre tenés el criador que te da una mano. Siempre vas a encontrar un criador de esos que te diga: ‘Che, mirá, esto es así, esto puede ser así, hacelo así’”, explicó.
Después vino la experiencia propia. “No hay un libro específico que te diga ‘para criar un campeón tenés que hacer esto y esto’. No. Vos tenés que ir trabajando, ir acomodando cosas y, bueno, en algún momento todo llega”, señaló.
Incluso después de 16 años asegura que sigue aprendiendo. “No es algo que en un año uno aprende a criar. Lleva mucho tiempo y mucha prueba y error, porque es así: probás y no te sale nada, al otro año armás otro plantel distinto, y cosas así”, describió.
Ocho meses de trabajo para llegar a una exposición
El camino hasta un ejemplar como el que se vendió en Bolívar comienza muchísimo antes de que el animal llegue a una jaula de exposición.
Primero hay que formar un plantel y seleccionar un macho junto con dos, tres o cuatro hembras. Después llega la fertilización, la recolección de huevos y la incubación, que dura unos 21 días.
Pero incluso en esa primera etapa pueden aparecer dificultades. “En algunos casos tenés 80 huevos en la incubadora y te nacen tres pollitos porque no hay fertilidad”, explicó Arias.
Una vez que nace el animal comienza otra etapa de selección que puede extenderse durante ocho o nueve meses. A los tres meses se coloca el anillo que permitirá identificarlo para llevarlo posteriormente a una exposición y, con el crecimiento, comienzan los cuidados específicos
Los animales son alojados en jaulas individuales y reciben balanceado, vitaminas y antiparasitarios. También se trabaja especialmente sobre el estado de las plumas y la presentación general del ejemplar.
Pero no todos llegan al final del proceso.
“Tenés el animal capaz que hasta el sexto mes y el animal no cerró nunca la cola, por ejemplo, tiene cola partida arriba y es un animal que vos tenés que descartarlo”, explicó.
Eso significa que puede haber medio año de trabajo sobre un animal que finalmente no será presentado. “Entonces tenés seis meses de criar un animal que no te va a servir. Por eso es un trabajo arduo, no es una cosa fácil”, remarcó.
Una actividad golpeada por la pandemia y la gripe aviar
La carrera de Arias como criador también atravesó varios años en los que las exposiciones estuvieron limitadas. Primero fue la pandemia y luego las restricciones vinculadas a la gripe aviar.
“Tuve años complicados. Por ejemplo, lo que fue la pandemia, que no pudimos presentar animales. Después vino el tema de la gripe aviar, así que fue complicado durante varios años”, recordó.
Este año volvió a exponer, después de no haber presentado animales el año pasado debido a los requisitos establecidos por el Senasa, que incluían controles y sangrados de los ejemplares.
En Carhué, además, la actividad tiene una dificultad adicional: Arias asegura que es el único criador de aves de raza de la localidad. “Acá en Carhué soy el único criador que hay, así que se hace todo más cuesta arriba”, señaló.
Para él, la falta de continuidad en las exposiciones también tuvo consecuencias sobre el número de criadores. “En época de pandemia, en época de gripe aviar que no hubo exposiciones, se perdieron un montón de criadores, gente que dejó”, contó.
Según explicó, sostener la actividad requiere una inversión que no siempre se recupera. “Criás 80 pollos, hacés una inversión y o te los terminás comiendo o los vendés por dos pesos. Entonces se ha perdido mucho criador”, relató.
El récord y una actividad que busca nuevos criadores
Los $3.020.000 del remate estuvieron muy por encima de los valores habituales para la raza. Arias explicó que un ejemplar suele venderse por unos $300.000 o $400.000, mientras que alguno particularmente destacado puede llegar a los $500.000.
Por eso, lo ocurrido en Bolívar tuvo un componente excepcional incluso para quienes conocen el circuito de exposiciones.
“Generalmente esta raza si se vende en una cifra grande llegás a 300, 400 mil pesos, 500 algún ejemplar bastante sobresaliente. En este caso se dieron cosas del remate, cosas de las personas que lo estaban queriendo comprar y bueno, se fue, se fue y llegó al valor que llegó”, explicó.
El criador, de todos modos, asegura que el récord no es lo que más lo moviliza. Su objetivo es que la atención que generó la venta sirva también para darle visibilidad a una actividad que, según considera, necesita sumar nuevos participantes.
“Como criador avícola es el incentivo más grande que puedo presentar, porque yo le puedo insistir a alguien: ‘Che, mirá, criá gallinas’. ‘Sí, ¿para qué?’, es lo primero que te dicen. ‘Yo no me voy a romper la cabeza, tengo gallinas en el patio y ya está’”, contó.
Para Arias, la cría de aves de raza suele quedar relegada frente a otras actividades productivas y eso también se refleja en la cantidad de personas que la practican.
“Somos el último orejón del tarro para todo, como decimos siempre; por ahí se nos menosprecia el trabajo que hacemos, porque es la realidad”, sostuvo.
La actividad, además, no es su fuente de ingresos. “Hacés por ahí algún dinerito, pero no es para vivir de esto, es más un hobby que otra cosa”, explicó.
El gallinero como cable a tierra
A pesar del tiempo y del trabajo que demanda, Arias mantiene la cría principalmente por la satisfacción personal que encuentra en ella. Tiene distintas razas en su criadero, entre ellas Orpington Leonado, Orpington Negro, Rhode y Sussex Armiñado, aunque la Plymouth Rock Barrado ocupa el lugar central.
“Soy un apasionado de la raza esta, creo que nunca dejaría de criarla”, afirmó.
Actualmente produce entre 100 y 150 pollitos por año y alrededor del 90% corresponde a la variedad barrada. El resto se distribuye entre las otras razas que mantiene como complemento.
Después de tantos años, el criador asegura que todavía encuentra en el gallinero un espacio propio, lejos de la lógica de los premios y del dinero.
“Yo disfruto mucho criar los animales en mi casa, disfruto mucho terminar de almorzar al mediodía e irme al gallinero. Eso yo lo disfruto, no tiene valor eso para mí”, contó.
Y explicó por qué el precio alcanzado en Bolívar termina siendo, para él, apenas una parte de la historia: “Más allá de que el animal el precio que hizo, a mí el valor es lo que en realidad menos me importa. Lo que más me importa es el tiempo que dedico en eso, el tiempo que yo me olvido del mundo, porque la realidad, uno en el gallinero se olvida de todo, de todo”.
“Es el cable a tierra de toda mi cabeza”, resumió Arias. “Otra gente pagará un psicólogo para ir 40 sesiones y yo no pago psicólogo pero tengo esto” concluyó.
(NewsDigitales)


















