Carolina Cepeda Suardiaz tiene 48 años y durante mucho tiempo hubo un sueño que permaneció intacto, esperando. No era un deseo nuevo ni una idea que apareció de repente. Desde siempre supo que quería estudiar Psicología. Lo que durante muchos años no tuvo fue la oportunidad. El viernes pasado, cuando recibió finalmente el título de licenciada en Psicología de la Universidad Salesiana, aquella convicción que había esperado durante tanto tiempo se convirtió en una realidad.
Su nota fue un 10 (diez) Rindió el TIF, trabajo de integración final, lo que para algunas universidades se conoce como tesis.
“Para mí significa cumplir uno de los sueños más grandes de mi vida”, dice ahora, todavía atravesada por la emoción de haber llegado hasta ahí. Carolina es bahiense, tiene una discapacidad motriz y se moviliza en una silla de ruedas motorizada. Su diagnóstico es cuadriparesia espástica de los cuatro miembros, una lesión cerebral que se engloba dentro de lo que se conoce como parálisis cerebral.

Pero si hay algo que ella quiere dejar claro es que su historia no empieza ni termina en un diagnóstico. Su discapacidad existe, forma parte de quien es y condiciona algunas cosas de su vida, pero nunca aceptó que determinara quién podía ser.
“Yo nunca dudé de que quería estudiar Psicología. La convicción estuvo desde siempre. Lo que durante muchos años no tuve fue la oportunidad”, cuenta. Esa oportunidad llegó cuando la Universidad Salesiana, y especialmente la licenciada Claudia Amigo, le abrió las puertas.
Carolina siente que aquel momento cambió su historia para siempre. Después vinieron los años de estudio, los desafíos, las pérdidas, las noches frente a los apuntes y el trabajo integrador final.
Pero, sobre todo, vino algo que para ella era mucho más importante: la posibilidad de demostrar que aquel sueño no era una fantasía.
“Cuando digo ‘soy psicóloga’, siento que no estoy hablando solamente de un título. Estoy hablando de una convicción que esperó muchos años para poder convertirse en realidad”, explica.

Su camino no fue sencillo. Tampoco pretende contarlo como una historia de obstáculos vencidos uno detrás de otro, porque asegura que sería injusto reducir su experiencia a las dificultades.
Hubo barreras físicas, seguramente hubo prejuicios y hubo situaciones que tuvo que resolver de una manera diferente, pero también encontró personas que hicieron la diferencia. Carolina recuerda especialmente al licenciado Antonio Porcelli Piussi, a la doctora Silvana Milozzi, al licenciado Marcelo Sapognikoff, al licenciado Juan Ignacio Yalour y a Sergio Velovich, actual director de la Facultad de Psicología.
“Ellos me hicieron sentir una estudiante antes que una discapacidad”, dice, y en esa frase resume una de las experiencias que más valora de sus años universitarios. También habla con enorme cariño de sus compañeros. Muchas veces la ayudaron cuando lo necesitó, pero lo que más rescata es que aprendieron juntos.
“Ellos fueron descubriendo, a la par mía, que la discapacidad no nos define como personas”, cuenta.
Para Carolina, esa transformación de la mirada es quizás uno de los aprendizajes más importantes que le dejó la universidad. “Cuando cambiamos la mirada, no solo se transforma la vida de una persona con discapacidad; crecemos todos”, sostiene.

La pérdida de su mamá y el dolor en medio de la carrera
Mientras estudiaba, además, la vida le puso uno de los dolores más profundos que le tocó atravesar: perdió a su mamá de manera inesperada. No tuvo tiempo de prepararse ni de comprender del todo lo que estaba pasando. De un día para el otro, su vida cambió.
Y, sin embargo, siguió. Entendió que aquel sueño que había esperado durante tantos años seguía ahí. “La oportunidad de estudiar esta carrera había sido algo que busqué durante muchísimos años y, cuando finalmente llegó, sentí que no podía dejar de caminar”, recuerda.
No le gusta decir que continuó “porque era lo que su mamá hubiera querido”, aunque reconoce que probablemente fuera cierto. Prefiere pensarlo de otra manera: su mamá le enseñó con su propia vida que siempre se sigue adelante, incluso cuando el camino duele.
La carrera también se convirtió en un espacio donde pudo elaborar su propio duelo. Mientras estudiaba sobre el sufrimiento humano, escribía y pensaba sobre él, también encontraba palabras para aquello que le estaba pasando. “Su ausencia marcó mi vida, la de mis hermanos. Pero no me dejó inmóvil”, dice.
Carolina vive sola y cuenta con asistencia terapéutica para desenvolverse en su vida cotidiana. Para ella, la autonomía tampoco significa hacer absolutamente todo sin ayuda. Es una idea bastante más profunda.
“La autonomía significa decidir sobre mi vida”, dice
“Aprendí que la autonomía no significa necesariamente hacer todo sola ni no necesitar a nadie. También tiene que ver con poder decidir sobre mi vida, elegir mi camino, pedir los apoyos que necesito y seguir siendo protagonista de mis propias decisiones”, explica. Y ahí aparece una de las frases que mejor sintetizan su historia.
“Cuando cambié la pregunta de ‘¿qué cosas no puedo hacer?’ por ‘¿cómo puedo hacerlas?’, muchas posibilidades empezaron a aparecer”. No se trata, aclara, de negar las dificultades ni de fingir que no existen. Se trata de cambiar el lugar desde el cual se las mira.
“No siempre podemos elegir las circunstancias que nos tocan, pero sí podemos trabajar sobre la manera en que nos posicionamos frente a ellas. Para mí, eso también es autonomía”, sostiene.
Ahora que el título de licenciada en Psicología ya lleva su nombre, Carolina mira hacia adelante. Quiere ejercer su profesión y llevar a ese espacio no solamente sus conocimientos académicos, sino también todo lo que aprendió en estos 48 años de vida.
Conoce desde adentro algunas de las barreras que atraviesan las personas con discapacidad, pero no quiere quedar encerrada en esa experiencia. Quiere ser psicóloga. Simplemente eso y, justamente por eso, todo lo que significa.

Cecilia Corradetti / La Brújula 24
Carolina Cepeda Suardiaz tiene 48 años y durante mucho tiempo hubo un sueño que permaneció intacto, esperando. No era un deseo nuevo ni una idea que apareció de repente. Desde siempre supo que quería estudiar Psicología. Lo que durante muchos años no tuvo fue la oportunidad. El viernes pasado, cuando recibió finalmente el título de licenciada en Psicología de la Universidad Salesiana, aquella convicción que había esperado durante tanto tiempo se convirtió en una realidad.
Su nota fue un 10 (diez) Rindió el TIF, trabajo de integración final, lo que para algunas universidades se conoce como tesis.
“Para mí significa cumplir uno de los sueños más grandes de mi vida”, dice ahora, todavía atravesada por la emoción de haber llegado hasta ahí. Carolina es bahiense, tiene una discapacidad motriz y se moviliza en una silla de ruedas motorizada. Su diagnóstico es cuadriparesia espástica de los cuatro miembros, una lesión cerebral que se engloba dentro de lo que se conoce como parálisis cerebral.

Junto a sus hermanos, pilares fundamentales.
Pero si hay algo que ella quiere dejar claro es que su historia no empieza ni termina en un diagnóstico. Su discapacidad existe, forma parte de quien es y condiciona algunas cosas de su vida, pero nunca aceptó que determinara quién podía ser.
“Yo nunca dudé de que quería estudiar Psicología. La convicción estuvo desde siempre. Lo que durante muchos años no tuve fue la oportunidad”, cuenta. Esa oportunidad llegó cuando la Universidad Salesiana, y especialmente la licenciada Claudia Amigo, le abrió las puertas.
Carolina siente que aquel momento cambió su historia para siempre. Después vinieron los años de estudio, los desafíos, las pérdidas, las noches frente a los apuntes y el trabajo integrador final.
Pero, sobre todo, vino algo que para ella era mucho más importante: la posibilidad de demostrar que aquel sueño no era una fantasía.
“Cuando digo ‘soy psicóloga’, siento que no estoy hablando solamente de un título. Estoy hablando de una convicción que esperó muchos años para poder convertirse en realidad”, explica.

Carolina se recibió el pasado viernes en la Universidad Salesiana.
Su camino no fue sencillo. Tampoco pretende contarlo como una historia de obstáculos vencidos uno detrás de otro, porque asegura que sería injusto reducir su experiencia a las dificultades.
Hubo barreras físicas, seguramente hubo prejuicios y hubo situaciones que tuvo que resolver de una manera diferente, pero también encontró personas que hicieron la diferencia. Carolina recuerda especialmente al licenciado Antonio Porcelli Piussi, a la doctora Silvana Milozzi, al licenciado Marcelo Sapognikoff, al licenciado Juan Ignacio Yalour y a Sergio Velovich, actual director de la Facultad de Psicología.
“Ellos me hicieron sentir una estudiante antes que una discapacidad”, dice, y en esa frase resume una de las experiencias que más valora de sus años universitarios. También habla con enorme cariño de sus compañeros. Muchas veces la ayudaron cuando lo necesitó, pero lo que más rescata es que aprendieron juntos.
“Ellos fueron descubriendo, a la par mía, que la discapacidad no nos define como personas”, cuenta.
Para Carolina, esa transformación de la mirada es quizás uno de los aprendizajes más importantes que le dejó la universidad. “Cuando cambiamos la mirada, no solo se transforma la vida de una persona con discapacidad; crecemos todos”, sostiene.

«Era un sueño y lo cumplí», dijo Caro, acompañada de amigos y familiares.
La pérdida de su mamá y el dolor en medio de la carrera
Mientras estudiaba, además, la vida le puso uno de los dolores más profundos que le tocó atravesar: perdió a su mamá de manera inesperada. No tuvo tiempo de prepararse ni de comprender del todo lo que estaba pasando. De un día para el otro, su vida cambió.
Y, sin embargo, siguió. Entendió que aquel sueño que había esperado durante tantos años seguía ahí. “La oportunidad de estudiar esta carrera había sido algo que busqué durante muchísimos años y, cuando finalmente llegó, sentí que no podía dejar de caminar”, recuerda.
No le gusta decir que continuó “porque era lo que su mamá hubiera querido”, aunque reconoce que probablemente fuera cierto. Prefiere pensarlo de otra manera: su mamá le enseñó con su propia vida que siempre se sigue adelante, incluso cuando el camino duele.
La carrera también se convirtió en un espacio donde pudo elaborar su propio duelo. Mientras estudiaba sobre el sufrimiento humano, escribía y pensaba sobre él, también encontraba palabras para aquello que le estaba pasando. “Su ausencia marcó mi vida, la de mis hermanos. Pero no me dejó inmóvil”, dice.
Carolina vive sola y cuenta con asistencia terapéutica para desenvolverse en su vida cotidiana. Para ella, la autonomía tampoco significa hacer absolutamente todo sin ayuda. Es una idea bastante más profunda.
“La autonomía significa decidir sobre mi vida”, dice
“Aprendí que la autonomía no significa necesariamente hacer todo sola ni no necesitar a nadie. También tiene que ver con poder decidir sobre mi vida, elegir mi camino, pedir los apoyos que necesito y seguir siendo protagonista de mis propias decisiones”, explica. Y ahí aparece una de las frases que mejor sintetizan su historia.
“Cuando cambié la pregunta de ‘¿qué cosas no puedo hacer?’ por ‘¿cómo puedo hacerlas?’, muchas posibilidades empezaron a aparecer”. No se trata, aclara, de negar las dificultades ni de fingir que no existen. Se trata de cambiar el lugar desde el cual se las mira.
“No siempre podemos elegir las circunstancias que nos tocan, pero sí podemos trabajar sobre la manera en que nos posicionamos frente a ellas. Para mí, eso también es autonomía”, sostiene.
Ahora que el título de licenciada en Psicología ya lleva su nombre, Carolina mira hacia adelante. Quiere ejercer su profesión y llevar a ese espacio no solamente sus conocimientos académicos, sino también todo lo que aprendió en estos 48 años de vida.
Conoce desde adentro algunas de las barreras que atraviesan las personas con discapacidad, pero no quiere quedar encerrada en esa experiencia. Quiere ser psicóloga. Simplemente eso y, justamente por eso, todo lo que significa.

Junto a sus profesores Romina Paolucci y Marcelo Saponikoff
Porque su historia no es la de una mujer que un día logró superar una discapacidad para obtener un título. Es la historia de una mujer que esperó una oportunidad, encontró una institución que se la dio, atravesó el dolor, aprendió a pedir los apoyos que necesitaba, construyó su autonomía y siguió adelante con una convicción que nunca perdió.
El viernes pasado, cuando finalmente pudo decir “soy psicóloga”, no estaba comenzando una historia nueva. Estaba poniendo el punto de llegada a una parte de la historia que había empezado muchos años atrás, cuando todavía no sabía cuándo ni cómo, pero ya estaba segura de algo: quería dedicar su vida a comprender el sufrimiento humano y acompañar a otros en la construcción de nuevos sentidos.
“La discapacidad no agota a la persona”
Carolina tiene muy claro desde qué lugar quiere ejercer la Psicología. No pretende que su discapacidad se convierta en el eje de su práctica profesional ni que su historia personal determine la manera en que escucha a quienes lleguen a su consultorio. “La discapacidad no agota a la persona. Mi tarea es escuchar historias, no etiquetas”, sostiene. Conoce sus propias limitaciones y las reconoce, pero se resiste a reducir su identidad a una condición. Su compromiso, dice, es acompañar procesos humanos singulares, con o sin discapacidad, desde la escucha, el respeto y la ética profesional. “Ante todo somos personas”, resume.
Para ella, pensar su profesión desde otro lugar sería contradecir justamente aquello que construyó durante toda su vida: la posibilidad de que una característica no defina todo lo que alguien es ni todo lo que puede llegar a ser.
(*Por Cecilia Corradetti / La Brújula 24)


















