
La madrugada del 10 de noviembre de 1985 quedó grabada en la memoria de los epecuenses y de toda la región. En apenas horas, el terraplén cedió y las aguas del lago comenzaron a cubrir por completo el casco urbano, obligando a la evacuación inmediata de todos sus habitantes.
Casas, hoteles, comercios y calles desaparecieron bajo una masa de agua salada que no solo destruyó un pueblo, sino también los recuerdos y proyectos de cientos de familias.
Fundada en 1921, Villa Epecuén fue durante décadas uno de los destinos turísticos más reconocidos del país. Sus aguas hipersalinas —comparadas con las del Mar Muerto— atraían visitantes de todo el mundo por sus propiedades terapéuticas y su infraestructura hotelera de primer nivel. Las postales del lago, los baños de barro y la vida social de su balneario eran emblemas del turismo de salud argentino.

Con el paso del tiempo, y tras la estabilización del régimen hídrico, el agua comenzó a retirarse lentamente. Las ruinas emergieron, revelando un paisaje impactante donde el silencio y la historia se mezclan entre los restos de construcciones, árboles petrificados y calles cubiertas de sal.

Entre los vestigios más reconocidos se encuentra el matadero diseñado por Francisco Salamone, hoy uno de los íconos arquitectónicos más fotografiados del país.

Hoy, Villa Epecuén se alza como un sitio de memoria y turismo histórico. Las excursiones guiadas, el centro de interpretación, las visitas nocturnas para contemplar la Vía Láctea y las propiedades curativas del lago —que conserva más de 32 minerales y fangos terapéuticos— continúan atrayendo a viajeros y fotógrafos de todo el mundo.

A 40 años de la tragedia, el pueblo sumergido se transformó en un símbolo de resiliencia, memoria y belleza natural. Donde antes hubo desolación, hoy hay historia; donde el agua borró las huellas de un pueblo, el tiempo escribió un legado que sigue inspirando.

















