Ninguno fue tan importante como el primero, el de 1810, aquel viernes al parecer lluvioso en el que un grupo de muchachos entusiastas decidieron nada menos que fundar una nación. Desde entonces, hace ya 216 años, que se dice fácil, pasaron muchas cosas cada 25 de mayo, todas ocultas, tapadas, ensombrecidas por el festejo mayor, el que celebra a los padres fundadores: entre otros Mariano Moreno, apenas un periodista, el duro Juan José Castelli, el decidido Manuel Belgrano que pensó en una monarquía parlamentaria en manos de Carlota de Borbón, hermana del rey español preso por los franceses.
Hoy, cuando la grieta pasa de aquellos próceres y de aquel grito de libertad tímido, un poco confuso y acechado por los buitres, a saber quién va y quién no al Tedeum, si Fulano saluda a Mengano, cómo sacar mejor partido de la celebración para ahondar la grieta, cómo desviar el agua hacia el molino propio y otras paparruchadas por el estilo; no está de más echar un vistazo, leve, a vuelo de pájaro, sobre esos otros 25 de mayo que a su modo también fueron fundadores, que invocaron todos la fiesta mayor a modo de amuleto, como súplica, o conjuro, o ruego de un futuro mejor.
Aunque parezca extraño, los 25 de mayo están muy ligados al fútbol. En 1901 se fundó River Plate, cuatro años más antiguo que su primo hermano del barrio de La Boca. Aunque no tenga nada que ver con el fútbol, ese mismo día, junto con River pero sin relación alguna, se fundó en Buenos Aires la Federación Obrera Regional Argentina, FORA, una entidad gremial que fue la expresión más importante y dura del anarquismo que, más tarde y según el clásico modelo argentino, sufrió divisiones, disoluciones y rupturas, pero que marcó toda una época en la temprana lucha sindical del país.

Volvamos a la cancha para no pisar terrenos un poco barrosos. Cuatro años después de la fundación de River, otro 25 de mayo, se fundó el club Platense y, al año siguiente, el 25 de mayo de 1906, el club Defensores de Belgrano. En juego con sus hermanos, el 25 de mayo de 1913, en Mar del Plata, nació el club Aldosivi. Para cerrar la lista y marchar con la conciencia tranquila a los vestuarios, River eligió otro 25 de mayo, el de 1938, para inaugurar su Estadio Monumental: eran los años de la Argentina opulenta que había empezado a presidir en febrero Roberto M. Ortiz. Dos años después y también un 25 de mayo, sábado, y con el mundo en guerra, Boca Juniors inauguró La Bombonera que fue bendecida por el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Santiago Luis Copello. En el partido inaugural, Boca le ganó a San Lorenzo dos a cero. Fue un partido raro, de dos tiempos de treinta y cinco minutos porque se iba la luz del día y no había otra. Los goles: Ricardo Alarcón y Aníbal Tenorio.
Otro templo, pero no del deporte, se inauguró el 25 de mayo de 1908: el Teatro Colón, que levantó el telón en la manzana que ocupa hoy: Cerrito, Viamonte, Libertad y Tucumán, flanqueado por una callecita que lleva el nombre del inolvidable maestro Arturo Toscanini que dirigió en ese teatro. Es una joya de la arquitectura inspirada en Alla Scala de Milán, idea de los italianos Francesco Tamburrini y Víctor Meano, dos tipos sacudidos por la tragedia: Tamburrini murió apenas iniciado el proyecto y Meano murió asesinado cuatro años antes de la inauguración: la construcción la culminó el arquitecto belga Jules Dormal.
Teatro Colón hubo siempre y siempre a su manera. El primero se abrió en 1857, adivinen, sí, otro 25 de mayo, en el edificio que hoy ocupa el Banco Nación, frente y en diagonal a la Casa de Gobierno. Tenía capacidad para dos mil quinientas personas y una araña espectacular con cuatrocientos picos de gas que cautivaba a los espectadores. Allí se representó el día de la inauguración el drama de Violeta Valery, la trágica muchacha que Giuseppe Verdi imaginó para dar vida a “La dama de las camelias”, de Alejandro Dumas. No está nada mal inaugurar un teatro lírico con La Traviata. Lo fantástico es que Verdi había estrenado su ópera en La Fenice, de Venecia, en 1853, cuando nosotros estábamos a punto de tener una Constitución, y en solo cuatro años la ópera había llegado de Venecia a Buenos Aires. Tal vez sea necesario recordar que aquellos eran años sin internet, sin telefonía celular, sin redes sociales y sin WhatsApp, pero el talento y el buen gusto viajaban rápido.

Cuando se decidió la construcción de un nuevo Colón, Buenos Aires no se quedó sin música lírica: en la calle Corrientes, que no era avenida, se alzó para cobijarla el teatro Ópera, que después fue cine con estrellitas en el cielo raso. En 1901 y en ese teatro le festejaron los ochenta años a Bartolomé Mitre con “Rigoletto”, otra vez Verdi, cantada por el gran Enrico Caruso y la soprano rumana Hericlea Darclée. Festejarle el cumpleaños a Mitre con Rigoletto… te la debo, con la parábola sobre el poder y sus bufones. Pero así se hacían antes las cosas.
En la función inaugural del actual Colón, el 25 de mayo de 1908, se cantó “Aída”, Verdi de nuevo. Las cosas salieron más o menos. Se iba a cantar “Otelo”, también de Verdi, pero a último momento una afonía dejó a la soprano casi muda, hoy sería un ataque de pánico, y obligó a cambiar planes, ópera y elenco. Igual, con algunos desajustes, fue una fiesta. En palcos y platea miraban, tal vez escuchaban también, el presidente José Figueroa Alcorta y sus ministros, el intendente de Buenos Aires, Marcelo T. de Alvear, varias delegaciones extranjeras y el “tout” Buenos Aires.
Dos años después, en los festejos del Centenario del 25 de mayo de 1910, sucedieron algunas cosas singulares. La realeza europea pisó estas costas en la persona de la Infanta Isabel de Borbón, hermana del entonces rey de España, Alfonso XIII. 100 años después del grito de libertad de aquellos entusiastas muchachos del Cabildo, Argentina recibía con los brazos abiertos a los descendientes de la gente a la que le habíamos hecho la revolución. Era un reflejo lógico del espíritu de la “Generación del 80” que, Julio A. Roca mediante, había hecho suprimir del Himno Nacional las estrofas que podían ofender a España. Una de ellas decía: “Se levanta a la faz de la tierra / una nueva y gloriosa nación / Coronada su cien de laureles / y a sus plantas, rendido, un león”. Es una cuarteta magnífica. Pero ¿para qué revolver heridas? El tiempo cura y ordena.
Hubo más aquel miércoles 25 de mayo de 1910: el tango se presentó en sociedad. De alguna forma dejó de ser orillero, marginal y prostibulario y pasó a integrarse a la música popular. Tal vez le debamos el tango como música popular al pianista Alfredo Bevilacqua que, pícaro y oportuno, hoy sería un estratega de marketing. Escribió uno al que llamó “Independencia” y lo interpretó con un cuarteto formado de apuro, tal vez con el acompañamiento de una banda militar que le debe haber dado a sus compases un impropio y metálico sonido marcial.
El tango “Independencia” sonó en plena Avenida de Mayo y frente a la Infanta de España, que recibió de manos de su autor una partitura autografiada que aceptó con gusto; además, felicitó al maestro entre los fervorosos aplausos de la gente. Ya está, el tango quedó en casa. Antes, para ser justos, el tango había incursionado en París, había aprobado el examen y había vuelto a Buenos Aires con un sello de calidad musical y moral. Ya se sabe que lo que aprueba Francia… Para más datos sobre el tango, las cuatro conferencias de Jorge Luis Borges, reunidas en un libro imperdible.
Medio siglo después, el 25 de mayo de 1960, las cosas estaban más complicadas. El país ardía de entusiasmo por los festejos del Sesquicentenario, palabra espantosa e impronunciable para locutores, políticos, maestros y para quien intentara decirla sin descalabrarse. Sin embargo, bajo cuerda corrían vientos de tormenta. Gobernaba Arturo Frondizi, que había llegado a la presidencia en 1958 gracias a un acuerdo con el peronismo, proscripto desde 1955 por la Revolución Libertadora. Dos años después, jaqueado por el propio peronismo, sería derrocado por los militares que también amenazaron y condicionaron a aquel gobierno.
Entre las delegaciones extranjeras que participaban de la gran fiesta, estaba la de Israel. Había llegado a principios del mes, en el primero de los aviones de la línea aérea israelí El-Al que aterrizó en el país. En realidad, no era un avión de El-Al: era un Britannia comprado para la ocasión por el servicio de inteligencia israelí que, además de traer a la delegación diplomática, se había llevado a Jerusalén desde Buenos Aires al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, secuestrado en San Fernando el 11 de mayo y cautivo nueve días en un sitio aún desconocido. El 23 de mayo, dos días antes de la fiesta por el Sesquicentenario en Buenos Aires, el primer ministro israelí Ben Gurión anunció al mundo la captura de Eichmann y desató un conflicto diplomático con la Argentina, que sintió que su soberanía había sido violada: era verdad, aunque la causa hubiese sido justa.

La de Israel no era la única representación extranjera mirada con cierto recelo, al menos con desconfianza. Para complicar el tablero, había llegado también la delegación cubana. Fidel Castro había visitado la Argentina en 1959 y lo habían recibido como a un héroe: los nostálgicos de la Libertadora igualaron el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista a manos de Castro como un remedo del derrocamiento de Juan Perón en 1955. Los jóvenes de la izquierda, en cambio, lo endiosaron como al protagonista de una nueva era en el continente.
Fidel, que sin proclamarlo ya había girado hacia el comunismo y estaba bajo los coléricos ojos de Estados Unidos, había eludido viajar otra vez al país; había planeado enviar a su ministro y camarada en los años de la guerrilla en Sierra Maestra, el argentino Ernesto “Che” Guevara, lo que hubiese sido un desafío tremendo. Parece que Guevara esquivó el compromiso y en el palco oficial aquel día se unían a los festejos el presidente cubano Osvaldo Dorticós y el canciller Raúl Roa.
Ni Dorticos ni Roa habían llegado solos. Los acompañó un grupo de guerrilleros a quienes autorizaron a desfilar junto a las fuerzas armadas argentinas y de otros países. De modo que en los solemnes fastos del Sesquicentenario de Mayo, los ejércitos profesionales miraron asombrados cómo un pelotón de guerrilleros desaliñados, vestidos con ropa verde de fajina un poco desarrapada, barbudos y con los pelos por los hombros, marchaban a su bola y sin empaque, ovacionados por jóvenes entusiastas.
En el palco presidencial, y no demasiado lejos del presidente Frondizi, un hombre sonreía complacido, como si entreviera el futuro: era el jefe de la delegación soviética, Alexei Kosygin, un exestalinista que en ese momento era vicepresidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética liderada por Nikita Khruschev y, con el tiempo, sería primer ministro de la URSS.
13 años después de aquella fiesta jubilosa y cargada de tensión, hubo otra también jubilosa y cargada de tensión. Después de una larga y cruel dictadura militar, otra más, el país volvía a la democracia. Esta vez era un regreso signado por la violencia del gobierno que se iba, que habían encabezado los generales Juan Carlos Onganía, Roberto Levingston y Alejandro Lanusse, y por la violencia de los grupos guerrilleros nacidos a finales de los años 60, en especial el peronista Montoneros y el trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP.
El 25 de mayo de 1973 asumió la presidencia Héctor J. Cámpora, designado por Juan Perón que en noviembre de 1972 había regresado al país después de casi 18 años de exilio. El propio Cámpora iba a inspirarse en una de las frases favoritas de Perón, para elogiar a la guerrilla peronista que todavía era vista con buenos ojos: faltaba un año apenas para que Perón los expulsara de la Plaza de Mayo. Las palabras del flamante presidente fueron escuchadas por el presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós, que regresaba al país como en 1960, y por el presidente de Chile, Salvador Allende, el primer socialista del continente consagrado en elecciones libres: sería derrocado por un brutal golpe militar en septiembre de 1973.
Dijo Cámpora aquel día: “(…) Y en los momentos decisivos, una juventud maravillosa supo responder a la violencia con la violencia y oponerse, con la decisión y el coraje de las más vibrantes epopeyas nacionales, a la pasión ciega y enfermiza de una oligarquía delirante. Por eso, la sangre que fue derramada, los agravios que se hicieron a la carne y al espíritu, el escarnio de que fueron objeto los justos, no serán negociados (…)”. Aquello era retórica y no doctrina: Cámpora duró apenas cuarenta y nueve días en el poder. Perón volvería a ser presidente después de triunfar en las elecciones de septiembre de ese año.
Un año después de la asunción de Cámpora, el 25 de mayo de 1974, murió en Buenos Aires Arturo Jauretche. Había nacido en noviembre de 1901 y fue una figura prominente de la Unión Cívica Radical. En desacuerdo con la conducción partidaria de Marcelo T. de Alvear, formó una agrupación disidente, FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) que reunió a figuras como Homero Manzi, Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo y Raúl Scalabrini Ortiz. En 1945, saltó al peronismo. Fue autor, entre otras obras, de “Los profetas del odio”, que escribió en el exilio, obligado por la Revolución Libertadora, y el famoso y ya legendario “Manual de zonceras argentinas”.
Por último, el 25 de mayo de 2003 asumió la presidencia Néstor Kirchner. Había quedado detrás de Carlos Menem en las elecciones del 27 de abril, pero Menem desistió de ir a una segunda vuelta, convencido de su derrota. En su mensaje inaugural, Kirchner, propuso: “(…) Un país serio y más justo, traje a rayas para los grandes evasores” y el regreso a una Argentina “de movilidad social ascendente”. (TN)



















