El 29 de julio de 2000, la Argentina quedó profundamente conmovida por la muerte de René Favaloro, el médico que revolucionó la cirugía cardiovascular con el desarrollo del bypass aortocoronario, una técnica que permitió salvar millones de vidas en todo el mundo.
Su fallecimiento, ocurrido a los 77 años en su departamento de la ciudad de Buenos Aires, trascendió el ámbito médico y generó una fuerte reflexión sobre la situación del sistema sanitario, el financiamiento de la medicina y las dificultades que atravesaban las instituciones de salud en el país.
A 26 años de su muerte, Favaloro continúa siendo una referencia indiscutida de la medicina argentina y un símbolo de ética, compromiso social, excelencia profesional y vocación de servicio.
De La Plata a la medicina rural
René Gerónimo Favaloro nació en La Plata el 12 de julio de 1923, en el seno de una familia trabajadora. Su padre era ebanista y su madre costurera.
Realizó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de La Plata, experiencia que, según él mismo reconocería años más tarde, amplió su horizonte intelectual y despertó su interés por la participación social y el conocimiento.
Durante esa etapa obtuvo además su primer empleo remunerado como celador, cargo oficializado por Alfredo Palacios, entonces rector de la Universidad Nacional de La Plata y una de las figuras históricas del socialismo argentino.
En 1942 comenzó la carrera de Medicina y obtuvo su título en 1949, consolidando una fuerte vocación por la salud pública y el servicio comunitario.
Su primera experiencia profesional pudo haber sido en el Hospital San Martín de La Plata, pero para acceder al cargo debía firmar una adhesión política al gobierno de entonces. Ante esa situación decidió tomar otro camino y comenzó a trabajar en una pequeña sala médica de Magdalena.
Los doce años que marcaron su vida
Con apenas 26 años, Favaloro se trasladó junto a su hermano a Jacinto Aráuz, en la provincia de La Pampa, donde ejerció como médico rural durante doce años.
Aquella etapa sería decisiva en su formación humana y profesional.
«Allí aprendí el profundo sentido social de la vida«, recordaría tiempo después.
En la localidad pampeana no solo atendía pacientes sin distinguir condición económica, religión o ideología, sino que desarrolló una intensa tarea preventiva y educativa.
Recorría los hogares enseñando hábitos de higiene, trabajaba junto a docentes, enfermeras, parteras e incluso dialogaba con curanderas para difundir conocimientos básicos de salud.
Ese trabajo comunitario contribuyó, entre otros logros, a reducir significativamente los índices de mortalidad infantil de la región.
En su libro «Recuerdos de un médico rural», describió esa experiencia con palabras que sintetizan su filosofía:
«Jacinto Aráuz tenía solamente unas diez manzanas desparramadas a lo largo de las vías… Una zona difícil, donde todo había sido conseguido con esfuerzo. Servía para demostrar cómo el hombre, con esfuerzo, puede desarrollarse y contribuir al engrandecimiento de nuestra patria».
La creación del bypass que cambió la medicina
Tras su experiencia en La Pampa, Favaloro viajó a Estados Unidos para incorporarse a la prestigiosa Cleveland Clinic.
Allí se especializó en cirugía cardiovascular y, en 1967, desarrolló y sistematizó el bypass aortocoronario, procedimiento que consiste en utilizar una vena extraída de una de las piernas del paciente para desviar el flujo sanguíneo cuando las arterias coronarias se encuentran obstruidas.
La técnica modificó para siempre el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares y convirtió a Favaloro en uno de los médicos más prestigiosos del mundo.
A pesar del reconocimiento internacional, decidió regresar a la Argentina para concretar un proyecto que consideraba mucho más importante que cualquier éxito personal.
La Fundación Favaloro, un sueño al servicio de la sociedad
De regreso en el país creó la Fundación Favaloro, concebida como un centro de excelencia que integrara asistencia médica, investigación científica y formación profesional.
El objetivo era brindar medicina de alta complejidad con un fuerte compromiso académico y social, acercando tecnología y conocimiento de primer nivel a la población argentina.
Sin embargo, con el paso de los años la institución comenzó a atravesar una grave crisis económica debido al atraso en los pagos de distintas obras sociales y organismos estatales.
Esa situación se convirtió en una de las principales preocupaciones del reconocido cirujano durante sus últimos años.
«No hay que endiosarse»
A pesar de los numerosos reconocimientos internacionales, doctorados honoris causa y distinciones obtenidas en todo el mundo, Favaloro nunca perdió la humildad.
«No hay que endiosarse«, repetía cuando era consultado sobre su prestigio.
Su sencillez, su defensa permanente de la educación pública y su compromiso con la medicina humanista fueron rasgos que marcaron toda su trayectoria.
El dramático final y las cartas de despedida
El 29 de julio de 2000, René Favaloro tomó la decisión de quitarse la vida de un disparo al corazón en el baño de su departamento porteño.
Antes escribió siete cartas, una de las cuales pidió expresamente que fuera difundida públicamente.
En esos escritos manifestó sentirse «cansado de tanto luchar» y describió la desesperante situación económica que atravesaba la Fundación Favaloro, que se encontraba al borde de la quiebra.
También denunció las dificultades para obtener respuestas de distintos organismos públicos y cuestionó prácticas que, según expresó, afectaban gravemente al sistema sanitario argentino.
En una de sus cartas hizo referencia a presuntas maniobras de soborno vinculadas al entonces titular del PAMI, Horacio Rodríguez Larreta, designado durante el gobierno de Fernando de la Rúa.
En ese contexto señaló la deuda millonaria que la obra social de jubilados mantenía con la Fundación, recursos que consideraba fundamentales para garantizar su funcionamiento.
Un legado que sigue vigente
Más de dos décadas después de su muerte, René Favaloro continúa ocupando un lugar privilegiado en la historia de la medicina argentina y mundial.
Su nombre sigue asociado a la innovación científica, la formación de profesionales, la investigación médica y la defensa de un sistema sanitario basado en la igualdad de oportunidades.
Su vida representa el ejemplo de un profesional que alcanzó el máximo reconocimiento internacional sin abandonar jamás sus convicciones sobre el valor de la educación, la salud pública y el compromiso con la sociedad.
A 26 años de su partida, el legado de René Favaloro permanece intacto y continúa inspirando a generaciones de médicos, estudiantes y ciudadanos que encuentran en su figura un modelo de honestidad, solidaridad y vocación de servicio.
La carta de Favaloro

“A mis queridos familiares y amigos:
Si se lee mi carta de renuncia a la Cleveland Clinic, está claro que mi regreso a la Argentina (después de haber alcanzado un lugar destacado en la cirugía cardiovascular) se debió a mi eterno compromiso con mi Patria. Nunca perdí mis raíces. Volví para trabajar en docencia, investigación y asistencia médica. La primera etapa en el Sanatorio Güemes demostró que inmediatamente organizamos la residencia en cardiología y cirugía cardiovascular, además de cursos de posgrado a todos los niveles.
Le dimos importancia también a la investigación clínica en donde participaron la mayoría de los miembros de nuestro grupo. En lo asistencial exigimos de entrada un número de camas para los indigentes. Así, cientos de pacientes fueron operados sin cargo alguno. La mayoría de nuestros pacientes provenían de las obras sociales. El sanatorio tenía contrato con las más importantes de aquel entonces.
La relación con el sanatorio fue muy clara: los honorarios, provinieran de donde provinieran, eran de nosotros; la internación, del sanatorio (sin duda la mayor tajada). Nosotros con los honorarios pagamos las residencias y las secretarias y nuestras entradas se distribuían entre los médicos proporcionalmente.
Nunca permití que se tocara un solo peso de los que no nos correspondían. A pesar de que los directores aseguraban que no había retornos, yo conocía que sí los había. De vez en cuando, a pedido de su director, saludaba a los sindicalistas de turno, que agradecían nuestro trabajo. Este era nuestro único contacto.
A mediados de la década de 1970, comenzamos a organizar la Fundación. Primero con la ayuda de la SDDRA, creamos el departamento de investigación básica que tanta satisfacción nos ha dado y luego la construcción del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular. Cuando entró en funciones, redacté los diez mandamientos que debían sostenerse a rajatabla, basados en el lineamiento ético que siempre me ha acompañado.
La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza).
Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno. Así, obras sociales de envergadura no mandaron ni mandan sus pacientes al Instituto.
¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno! Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean fundamentalmente con el dinero de las obras sociales que corresponde a la atención médica.
Lo mismo ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos de mi país que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema implementado a lo largo y ancho de todo el país. Valga un solo ejemplo: el PAMI tiene una vieja deuda con nosotros (creo desde el año 94 o 95) de 1 900 000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los retornos que se nos pedían (como es lógico no a mí directamente).
Si hubiéramos aceptado las condiciones imperantes por la corrupción del sistema (que se ha ido incrementando en estos últimos años) deberíamos tener cien camas más. No daríamos abasto para atender toda la demanda.
El que quiera negar que todo esto es cierto que acepte que rija en la Argentina el principio fundamental de la libre elección del médico, que terminaría con los acomodados de turno. Lo mismo ocurre con los pacientes privados (incluyendo los de la medicina prepaga) el médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana, sabe, espera, recibir una jugosa participación del cirujano.
¡Hace muchísimos años debo escuchar aquello de que Favaloro no opera más! ¿De dónde proviene este infundio? Muy simple: el paciente es estudiado. Conclusión, su cardiólogo le dice que debe ser operado. El paciente acepta y expresa sus deseos de que yo lo opere. “Pero ¿cómo?, ¿usted no sabe que Favaloro no opera hace tiempo?”. “Yo le voy a recomendar un cirujano de real valor, no se preocupe”. ¡El cirujano “de real valor” además de su capacidad profesional retornará al cardiólogo mandante un 50% de los honorarios!
Varios de esos pacientes han venido a mi consulta no obstante las “indicaciones” de su cardiólogo. “Doctor, ¿usted sigue operando?”, y una vez más debo explicar que sí, que lo sigo haciendo con el mismo entusiasmo y responsabilidad de siempre. Muchos de estos cardiólogos son de prestigio nacional e internacional. Concurren a los Congresos del American College o de la American Heart y entonces sí, allí me brindan toda clase de felicitaciones y abrazos cada vez que debo exponer alguna “lecture” de significación. Así ocurrió cuando la de Paul D. White lecture en Dallas, decenas de cardiólogos argentinos me abrazaron, algunos con lágrimas en los ojos. Pero aquí, vuelven a insertarse en el “sistema” y el dinero es lo que más les interesa.
La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar. Instituciones de prestigio como el Instituto Cardiovascular Buenos Aires, con excelentes profesionales médicos, envían empleados bien entrenados que visitan a los médicos cardiólogos en sus consultorios. Allí les explican en detalle los mecanismos del retorno y los porcentajes que recibirán no solamente por la cirugía, los métodos de diagnóstico no invasivo (Holter echo, cámara y etc., etc.), los cateterismos, las angioplastias, etc. etc., están incluidos.
No es la única institución. Médicos de la Fundación me han mostrado las hojas que les dejan con todo muy bien explicado. ¡Llegado el caso, una vez el paciente operado, el mismo personal entrenado visitará nuevamente al cardiólogo, explicará en detalle “la operación económica” y entregará el sobre correspondiente!
La situación actual de la Fundación es desesperante, millones de pesos a cobrar de tarea realizada, incluyendo pacientes de alto riesgo que no podemos rechazar. Es fácil decir “no hay camas disponibles”.
Nuestro juramento médico lo impide.
Estos pacientes demandan un alto costo raramente reconocido por las obras sociales. A ello se agregan deudas por todos lados, las que corresponden a la construcción y equipamiento del ICyCC, los proveedores, la DGI, los bancos, los médicos con atrasos de varios meses. Todos nuestros proyectos tambalean y cada vez más todo se complica ana-ana.
En Estados Unidos, las grandes instituciones médicas, pueden realizar su tarea asistencial, la docencia y la investigación por las donaciones que reciben.
¡Las cinco facultades médicas más trascendentes reciben más de 100 millones de dólares cada una! Aquí, ni soñando.
Realicé gestiones en el BID que nos ayudó en la etapa inicial y luego publicitó en varias de sus publicaciones a nuestro instituto como uno de sus logros. Envié cuatro cartas a Enrique Iglesias, solicitando ayuda (¡tiran tanto dinero por la borda en esta Latinoamérica!), todavía estoy esperando alguna respuesta. Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta.
¿Cómo se mide el valor social de nuestra tarea docente?
Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.
La mayoría del tiempo me siento solo. En aquella carta de renuncia a la C. Clinic, le decía al Dr. Effler que sabía de antemano que iba a tener que luchar y le recordaba que Don Quijote era español. Sin duda la lucha ha sido muy desigual.
El proyecto de la Fundación tambalea y empieza a resquebrajarse.
Hemos tenido varias reuniones, mis colaboradores más cercanos, algunos de ellos compañeros de lucha desde nuestro recordado Colegio Nacional de La Plata, me aconsejan que para salvar a la Fundación debemos incorporarnos al “sistema”.
Sí al retorno, sí al ana-ana.
“Pondremos gente a organizar todo”. Hay “especialistas” que saben cómo hacerlo. “Debés dar un paso al costado. Aclararemos que vos no sabés nada, que no estás enterado”.
“Debés comprenderlo si querés salvar a la Fundación”.
¡Quién va a creer que yo no estoy enterado!
En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.
Joaquín V. González escribió la lección de optimismo que se nos entregaba al recibirnos: “A mí no me ha derrotado nadie”. Yo no puedo decir lo mismo. A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla.
Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo. “¡La leyenda, la leyenda!”.
Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario, se castiga.
Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza. Mis colaboradores saben de mi inclinación por los pobres, que viene de mis lejanos años en Jacinto Arauz. Estoy cansado de luchar y luchar, galopando contra el viento como decía Don Ata.
No puedo cambiar.
No ha sido una decisión fácil pero sí meditada.
No se hable de debilidad o valentía.
El cirujano vive con la muerte, es su compañera inseparable, con ella me voy de la mano. Solo espero no se haga de este acto una comedia. Al periodismo le pido que tenga un poco de piedad. Estoy tranquilo.
Alguna vez en un acto académico en USA se me presentó como a un hombre bueno que sigue siendo un médico rural. Perdónenme, pero creo, es cierto. Espero que me recuerden así.
En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta.
En la Fundación ha comenzado a actuar un comité de crisis con asesoramiento externo. Ayer empezaron a producirse las primeras cesantías. Algunos, pocos, han sido colaboradores fieles y dedicados. El lunes no podría dar la cara.
A mi familia en particular a mis queridos sobrinos, a mis colaboradores, a mis amigos, recuerden que llegué a los 77 años. No aflojen, tienen la obligación de seguir luchando por lo menos hasta alcanzar la misma edad, que no es poco. Una vez más reitero la obligación de cremarme inmediatamente sin perder tiempo y tirar mis cenizas en los montes cercanos a Jacinto Arauz, allá en La Pampa.
Queda terminantemente prohibido realizar ceremonias religiosas o civiles.
Un abrazo a todos.
René Favaloro Julio 29-2000 – 14.30 horas.




















