
Para el 23 de abril de 2016, poco se hablaba de femicidio, una agravante del homicidio con connotación de género que había sido incorporada al Código Penal a fines de 2012.
Pero mucho menos existía en agenda el concepto de grooming, la captación de un menor por parte de un adulto a través de las redes sociales.
Desde aquel día, los bahienses y los habitantes de la región nos vimos forzados por la tragedia a incorporar conocimiento.
Micaela tenía apenas 12 años cuando fue contactada por Jonathan Luna, un hombre adulto que fingió ser una adolescente para conocerla. La engañó por Facebook, simuló empatía, coordinó un encuentro y luego la asesinó.

El estupor se hizo carne recién un mes después, cuando a fines de mayo se encontraron los restos de la niña en las afueras de la ciudad y se detuvo al agresor, que hoy cumple en prisión una condena a perpetua, pese a que buscó obtener beneficios y hasta gestionó judicialmente su cambio de género a Yoana Luna.
El crimen de Micaela Ortega fue una bisagra para todo el país: se trató del primer caso de grooming seguido de muerte y puso en alerta a los padres que, en general, veían de lejos este tipo de cuestiones.
Mónica Cid, la madre de la pequeña patinadora del club El Danubio, con todo el dolor a cuestas se puso al hombro la lucha para lograr una mayor concientización y logró un notable cometido.

La madrugada del 12 de noviembre de 2020, la Cámara de Diputados de la Nación le dio sanción definitiva a la Ley 27.590, conocida por todos como Ley Micaela Ortega.
Esa normativa creó el Programa Nacional de Prevención y Concientización del Grooming o Ciberacoso contra Niños y Adolescentes.
La ley tiene por objetivos proteger del grooming a la infancia y la adolescencia, enseñarles a usar internet de manera responsable, capacitar a las personas que trabajan en las escuelas, dar información acerca de este delito en los medios de comunicación y explicar cómo y dónde denunciar los casos.
Como consecuencia del lamentable desenlace de Micaela, el notable empuje de su madre y el apoyo de distintas organizaciones intermedias se logró algo impensado: pese a que los groomers no dejaron de existir, la mayoría de las familias están al tanto de sus conductas y tienen herramientas como para limitar ese accionar delictivo.
El crimen de Micaela es un claro ejemplo de cómo un dolor irreparable se transformó para ser canalizado en una fuerte cruzada de ayuda, con el fin de tratar de que nadie más vuelva a sufrir el drama que laceró a Mónica.
(La Nueva)
















