En una decisión que toda la comunidad agradece, Julián Gallego, vecino de Salliqueló, decidió que buena parte del patrimonio que construyó durante su vida quedara al servicio de la comunidad.
Gallego, viudo y sin hijos, dejó establecido en su testamento que tres parcelas de campo, que en conjunto suman 121 hectáreas, sean entregadas a la Municipalidad de Salliqueló. La condición fijada fue concreta: las tierras deberán venderse y el dinero obtenido tendrá que destinarse exclusivamente a mejorar el Hospital Municipal.
La noticia fue dada a conocer por el intendente Ariel Succurro, quien destacó el significado del gesto para una localidad pequeña y explicó que el testamento determina con precisión el destino que deberán tener los recursos.
De acuerdo con lo establecido, entre las obras previstas figuran la construcción de un quirófano, una planta de oxígeno y una sala para médicos, además de otras mejoras destinadas a la infraestructura del hospital.
Un patrimonio que podría superar los mil millones de pesos
La Municipalidad todavía deberá esperar a que avance el proceso judicial para poder concretar la venta de las tierras.
Según las primeras estimaciones mencionadas por el intendente, el patrimonio podría superar los mil millones de pesos, aunque el monto definitivo dependerá del valor que finalmente alcancen los campos en el mercado.
La operación deberá realizarse bajo la supervisión de una albacea testamentaria designada por la Justicia, quien tendrá la responsabilidad de garantizar que se cumpla la voluntad expresada por Gallego.
Una vez concretada la venta, los recursos serán recibidos por el municipio y deberán ser utilizados para ejecutar las obras previstas en el testamento. Según explicó Succurro, el municipio tendrá un año para llevar adelante los trabajos.
Mientras tanto, el Ejecutivo local comenzó a analizar los proyectos necesarios para que, una vez disponibles los fondos, las obras puedan comenzar sin demoras.
Un vínculo especial con el hospital
La elección del Hospital Municipal como destinatario de la donación no fue casual. Gallego mantuvo durante los últimos años de su vida un vínculo estrecho con la institución, donde recibió atención médica y permaneció internado durante un período prolongado.
El vecino había sido sometido a una cirugía de cadera y durante su internación compartió buena parte de sus días con médicos, enfermeros, personal de cocina, mucamas y trabajadores de mantenimiento.
Ese contacto cotidiano generó un vínculo particular con quienes trabajaban en el hospital y terminó convirtiéndose, con el tiempo, en una forma de agradecimiento.
Después de recibir el alta, Gallego regresó a su vivienda, donde permaneció hasta su fallecimiento. Al no tener hijos ni familiares directos, decidió que las tierras que había logrado reunir durante su vida tuvieran como destino una institución que había sido importante para él durante sus últimos años.
La directora del Hospital Municipal, Andrea Vidaurre, destacó especialmente el gesto y valoró la “conciencia social y solidaridad” detrás de la decisión.
Según señaló, el legado permitirá mejorar las condiciones de atención para los vecinos de Salliqueló y Quenumá.
Tierras que podrían convertirse en obras
La magnitud de la donación también está relacionada con el valor de las tierras. Según las estimaciones mencionadas por Succurro, una hectárea en la zona puede cotizar entre 6.000 y 8.000 dólares, aunque el precio puede variar de acuerdo con factores como la fertilidad y el equipamiento de cada campo.
Por el momento, las autoridades deberán aguardar el avance del trámite judicial y la posterior venta de las tres parcelas.
Más allá del monto que finalmente pueda obtenerse, el legado de Gallego representa una decisión que tendrá impacto directo en la comunidad: convertir el patrimonio acumulado durante toda una vida en infraestructura y servicios para quienes necesitan atención médica.
“Cayó como una bomba de alegría”, resumió Succurro al describir la reacción que generó la noticia en Salliqueló.
Así, la historia de Julián Gallego trasciende el valor económico de las 121 hectáreas y se transforma en un gesto de solidaridad hacia toda una comunidad, con la intención de que aquello que construyó durante su vida continúe beneficiando a otros después de su muerte.


















