El Hospital de Clínicas José de San Martín es uno de los hospitales escuela más importantes del país. Desde hace más de un siglo funciona como centro de formación médica, investigación y atención para pacientes de todo el territorio nacional. Sin embargo, trabajadores, médicos y enfermeros advierten que atraviesa una de las crisis presupuestarias más severas de los últimos años.
En el primer piso del hospital, cientos de personas esperan ser atendidas en el marco de la Semana de Prevención Cardiovascular. La actividad incluye controles de presión, exámenes físicos y entrevistas médicas, aunque al final del circuito apenas dos profesionales deben atender a una demanda masiva. Según explican desde el hospital, este tipo de jornadas también funcionan como una forma de ordenar una atención que ya no logra absorber la cantidad de pacientes que llegan diariamente.
A medida que se recorren los distintos sectores del edificio aparecen techos deteriorados, humedad, puertas rotas y áreas abandonadas. El estacionamiento del personal permanece inundado y en distintas paredes cuelgan carteles convocando a la Marcha Federal Universitaria de este martes.
En una de las salas abiertas a la comunidad, un cirujano plástico brinda una charla sobre linfedema, insuficiencia venosa, lipedema y obesidad. Mientras tanto, en otros sectores del hospital, trabajadores del área de insumos describen demoras constantes en licitaciones y dificultades para conseguir materiales básicos.
Una paciente que se atiende allí desde hace años asegura que continúa recibiendo buena atención, aunque reconoce que en ocasiones faltan medicamentos para tratar enfermedades crónicas como la diabetes. “A veces hay, a veces no”, resume mientras espera volver a ser llamada.
Deterioro progresivo
Fernando Chamot, director de prensa del hospital, describe un escenario de ajuste progresivo. Según explica, distintos servicios comenzaron a reducirse debido a la falta de recursos: disminuyó el personal de seguridad, se espació la limpieza en algunos sectores y se redujo la capacidad de atención.
“Hoy se atiende un 50 por ciento menos de lo que se podría atender porque tomar más pacientes sería una irresponsabilidad”, sostiene. “Se cierra el cupo y al mes siguiente se evalúa con qué recursos se cuenta. Para los médicos es muy difícil porque no fueron formados para decir que no”.
Chamot también asegura que gran parte de las obras realizadas recientemente fueron financiadas mediante donaciones privadas y advierte sobre el deterioro salarial del personal. Según datos difundidos por el hospital, en abril de 2026 un residente cobraba 1.442.908 pesos netos; un médico, 1.354.908; un enfermero, 1.176.004; y un auxiliar, 1.026.354 pesos.
En el sector de enfermería, trabajadores describen jornadas extensas, pluriempleo y condiciones laborales cada vez más precarias. Guillermo, enfermero con treinta años de servicio, asegura que muchos profesionales deben trabajar en varios hospitales para alcanzar ingresos mínimos. “Nosotros cuidamos, pero también necesitamos que nos cuiden”, afirma.
Luis, otro enfermero del Clínicas, sostiene que durante el último año la situación empeoró notablemente. Relata faltantes de pañales, problemas de mantenimiento y filtraciones de agua que afectaron sectores enteros del hospital. Según cuenta, en varias oportunidades fueron los propios trabajadores quienes compraron materiales básicos de su bolsillo.
“No había ni un foco para que un enfermero pudiera poner un suero durante la noche”, asegura. También describe situaciones en las que enfermeros y médicos colaboran económicamente con pacientes sin recursos para comprar agua o alimentos.
El deterioro, explican, no se limita a la infraestructura. Un médico del hospital, que pidió reserva de identidad, advierte sobre el impacto que la crisis puede tener en la formación de futuros profesionales. “Lo que empieza a doler es cuando dejan de venir quienes se están formando”, señala. Para él, el desgaste cotidiano y el estrés permanente afectan directamente el aprendizaje y el desarrollo académico. “La academia tiene que ser la mejor. Esta institución es irreproducible, aunque demuelan el edificio”, sostiene.
La situación también alcanza al Hospital Odontológico de la UBA. Allí, el decano Pablo Rodríguez explica que gran parte del funcionamiento depende del aporte económico de los propios pacientes. “Si no fuera por eso, no podríamos comprar insumos”, afirma. Según detalla, los estudiantes atienden alrededor de doscientos pacientes durante su formación, algo que considera una de las grandes fortalezas del sistema universitario.
Rodríguez también describe salarios deteriorados entre el personal docente y no docente. Los profesores, explica, cobran alrededor de 280 mil pesos mensuales por una jornada semanal de trabajo. “Nos sostenemos gracias al esfuerzo de los docentes y de los pacientes”, resume.
Aumento de la demanda
El aumento de la demanda aparece como otro de los problemas centrales. Según un informe del Instituto Argentina Grande elaborado sobre datos del INDEC, unas 742 mil personas dejaron de tener cobertura médica en los últimos dos años y pasaron a depender exclusivamente del sistema público.
Jorge Yabkowski, secretario general de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud de la República Argentina (Fesprosa), define el escenario sanitario actual como “desbordado”. Advierte que la combinación entre recortes presupuestarios, falta de personal y aumento de pacientes configura “la tormenta perfecta”.
También señala problemas crecientes en el acceso a medicamentos y retrocesos en políticas preventivas. “El programa Remediar se está cayendo”, sostiene. Según afirma, aumentaron los casos de tuberculosis y sífilis, mientras que hace un año no se distribuyen preservativos desde el sistema público nacional.
Jimena, médica que trabajó hasta hace poco en un hospital nacional y actualmente se desempeña en hospitales porteños, asegura que el deterioro se profundizó desde 2024. “Cada vez más personas dejaron de tener prepaga o perdieron la obra social y terminan en el hospital público”, explica.
Según relata, los faltantes de insumos comenzaron a afectar incluso prácticas básicas. “No había recipientes para urocultivos. Había pacientes críticos que no podían hacerse estudios y los médicos trabajaban a ciegas”, recuerda. Finalmente decidió abandonar ese hospital por el desgaste cotidiano. “Quedarse en esas condiciones era faltarse el respeto a uno mismo”, afirma.
En el Hospital Pirovano una pediatra describe un escenario similar. Aunque aclara que el sistema público siempre trabajó “al límite”, sostiene que en los últimos años comenzaron a aparecer pacientes con enfermedades más avanzadas y familias que antes podían atenderse en el sector privado. “El paciente no consigue turnos o no puede pagar una consulta particular”, explica. También señala que muchos llegan desde la provincia de Buenos Aires porque no consiguen atención en hospitales cercanos.
Entrada la tarde, gran parte de los sectores administrativos del Pirovano ya permanecían vacíos, aunque decenas de pacientes seguían esperando atención. Algunos dormían en la guardia, otros permanecían conectados a vías intravenosas en sillas de los pasillos mientras los portasueros se arrastraban lentamente detrás de ellos. En medio del movimiento silencioso, varias palomas caminaban entre los corredores del hospital.
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