
Cada 13 de julio, el mundo vuelve a poner el foco en el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), con campañas de concientización, estadísticas que dan qué pensar y testimonios que conmueven. Y claro, hay algo poderoso —hasta liberador— en ponerle nombre a lo que, durante años, dolía en silencio. Pero también es cierto que ese nombre, mal interpretado, puede convertirse en una etiqueta limitante, más cerca de una condena que de una puerta hacia la comprensión y el acompañamiento.
Aunque los criterios internacionales como el DSM y el ICD intentan definir el trastorno con precisión, la realidad cotidiana suele ser mucho más difusa. El diagnóstico de TDAH creció con tal rapidez que, a veces, parece responder más a criterios culturales o escolares que clínicos. ¿Niños inquietos? ¿Adolescentes distraídos? ¿Adultos desbordados? Todos podrían encajar en esa sigla. Pero entonces surge la gran pregunta: ¿estamos frente a una epidemia real o ante un patrón de conducta que ya no toleramos como sociedad?
Para muchos, recibir el diagnóstico es una suerte de faro en la tormenta: finalmente entienden lo que les pasaba. Sin embargo, el riesgo aparece cuando ese alivio inicial se convierte en un punto final. Cuando en vez de abrir caminos, el diagnóstico clausura posibilidades, silencia la singularidad y reduce a las personas a etiquetas como «hiperactivo», «inmaduro» o «rebelde». Lo preocupante es que ese reduccionismo no solo se da en las aulas, sino también en la vida adulta, donde muchas personas quedan atrapadas en rótulos que no explican toda su complejidad.
El TDAH existe, sí. Pero también existen el sobrediagnóstico, la falta de atención personalizada y el uso apresurado de categorías que, lejos de ayudar, pueden estigmatizar. Hoy, más que nunca, vale la pena volver a mirar más allá de las siglas y recordar que detrás de cada diagnóstico hay una historia, un rostro y una vida que merece ser entendida, acompañada y respetada.
Con información de Infobae

















