
Con profunda consternación se conoció este sábado el fallecimiento de Jorge Víctor Robles, reconocido médico veterinario de Rivera y veterano de la Guerra de Malvinas, cuya trayectoria personal y profesional lo convirtió en una figura entrañable y respetada en toda la comunidad de Adolfo Alsina.
Su partida generó un fuerte impacto tanto en Rivera como en el resto del distrito, donde era ampliamente conocido no solo por su condición de excombatiente, sino también por su extensa labor como profesional y su calidad humana.
Robles había nacido el 25 de diciembre de 1955 en la ciudad de Carhué, en el seno de una familia humilde. En una entrevista, recordó sus orígenes con palabras que reflejan los valores que lo acompañaron toda su vida: “Nunca faltaron el amor, los buenos ejemplos, la educación, el respeto por los demás y el pan de cada día”.
Cursó sus estudios en el ex Colegio Nacional Anexo Comercial Nicolás Levalle, en su ciudad natal, y desde muy joven mostró una fuerte cultura del trabajo. Durante su etapa escolar fue cadete de una institución local, trabajó como operador en LU25 Radio Carhué —la primera emisora del distrito— y en sus veranos desempeñó múltiples tareas, desde bañero en el Racing Club hasta mozo en la entonces pujante Villa Lago Epecuén, donde, como muchos jóvenes de la época, iba “a hacer la temporada”.
En 1975 se trasladó a la ciudad de La Plata con el objetivo de cumplir su sueño de estudiar Veterinaria. Fueron años de sacrificio personal y familiar que culminaron con su graduación como Médico Veterinario el 13 de marzo de 1980, con tan solo 24 años. En ese mismo período conoció a Brenda Viviana Monteiro, quien se convertiría en su compañera de vida.
Tras recibirse, regresó a su pueblo y comenzó a ejercer su profesión mientras aguardaba la convocatoria para cumplir con el servicio militar obligatorio, cuya prórroga había solicitado durante sus estudios. Finalmente, luego de insistencias y tras atravesar incluso una lesión en su pie derecho, fue incorporado el 23 de junio de 1981 al Centro de Instrucción y Formación de Infantería de Marina (CIFIM), en Pereyra Iraola.
Allí inició su formación militar, que incluyó instrucción intensiva y experiencias que marcaron su vida, como la Jura de la Bandera, que él mismo recordaría como un momento trascendental. El 6 de octubre de 1981 egresó como Guardiamarina, con orientación profesional veterinaria, siendo destinado a la Base Naval Puerto Belgrano.

En ese destino quedó a cargo de la Sección Cría y Veterinaria de la Agrupación Perros de Guerra, dentro del Batallón de Seguridad. Bajo la conducción del entonces teniente Miguel Alberto Paz, Robles encontró un espacio donde combinó su vocación profesional con una fuerte construcción humana: generó vínculos sólidos con soldados, suboficiales y oficiales, y desarrolló un profundo afecto por los animales, ampliando su práctica hacia la clínica y cirugía de pequeños animales.
El 2 de abril de 1982, la recuperación de las Islas Malvinas marcó un punto de inflexión. Días después, pese a que inicialmente se le había indicado que permanecería en el continente, fue convocado para integrar el contingente que viajaría al sur. El 11 de abril llegó a Puerto Argentino a bordo del transporte naval ARA Bahía Buen Suceso, junto a parte de la Agrupación Perros de Guerra.
En las islas, Robles tuvo a su cargo la organización sanitaria y logística de los perros, fundamentales para tareas de seguridad, vigilancia y custodia en sectores estratégicos como depósitos, el puerto y zonas operativas. En un contexto adverso, debió recurrir al ingenio para garantizar la alimentación y el cuidado de los animales, que lograron adaptarse a condiciones extremas.
Además de su rol específico, desempeñó múltiples funciones: colaboró en la recepción de suministros en el aeropuerto, realizó controles sanitarios en la faena de animales para consumo, organizó una estafeta postal ante la gran cantidad de correspondencia y participó en tareas generales asignadas por la conducción militar.
Con el inicio de los bombardeos el 1° de mayo, la dinámica cambió drásticamente. Robles asumió funciones como oficial de guardia y también en el ámbito sanitario, colaborando en el Puesto de Socorro (PUSO) y luego en el hospital, donde asistió a heridos en medio de un escenario cada vez más crítico. Allí fue testigo de situaciones extremas que lo marcarían profundamente.

Durante el conflicto, también vivió momentos de fuerte carga emocional, atravesados por el miedo, la incertidumbre y la distancia de sus afectos. Sin embargo, siempre destacó el acompañamiento de sus superiores y compañeros, a quienes consideró fundamentales para sostenerse en ese contexto.
En junio, parte de la Agrupación fue enviada a zonas cercanas al frente. Algunos perros no regresaron, quedando como símbolo silencioso del sacrificio vivido. El 14 de junio de 1982, con el cese del fuego, llegó uno de los momentos más impactantes para Robles: al ver que la bandera argentina ya no flameaba en las islas, expresó: “Ese fue el momento en que lloré”.
Tras la rendición, fue hecho prisionero junto a sus compañeros. El 20 de junio inició el regreso al continente, primero en el buque Yehuin y luego en el rompehielos Almirante Irízar. Arribó a Ushuaia el 22 de junio y posteriormente a Puerto Belgrano. Dos días después, el 24 de junio de 1982, fue recibido junto a otros soldados por una multitud en Adolfo Alsina.

De regreso a la vida civil, Robles retomó su labor como veterinario rural orientado a grandes animales, sin abandonar nunca la atención clínica de mascotas, actividad que desarrolló con dedicación durante toda su vida en Rivera.
Formó su familia junto a Brenda y su hijo Enrique, y mantuvo siempre un vínculo estrecho con sus compañeros de Malvinas, a quienes definía como “hermanos”, remarcando que solo ellos podían comprender lo vivido.

Quienes lo conocieron coinciden en destacar su calidez humana, su compromiso y su liderazgo, tanto en su rol profesional como durante su paso por la guerra.
Hoy, la comunidad de Adolfo Alsina despide a un hombre que supo construir una vida basada en el esfuerzo, la vocación, la solidaridad y el amor por su patria. Su legado permanecerá en la memoria colectiva de Rivera, en cada historia compartida y en el respeto de quienes reconocen en él a uno de esos vecinos que, sin buscar protagonismo, dejan una marca profunda y duradera.

















